Muchas decisiones no generan problemas porque hayan sido equivocadas. Los generan porque se tomaron demasiado tarde o con información insuficiente para comprender realmente lo que estaba ocurriendo.
En esos casos, la decisión igualmente se toma, solo que con menos elementos de los que hubieran estado disponibles unos días después. La empresa sigue operando, pero cada día que pasa sin la información necesaria reduce la capacidad para anticiparse y aumenta el costo de corregir.
Rara vez una sola decisión compromete el rumbo de una empresa. Lo que suele deteriorar la gestión es la acumulación de pequeñas decisiones tomadas con información parcial: ajustes que llegan tarde, desvíos que se detectan cuando ya crecieron y oportunidades que dejan de ser tales porque nadie las vio a tiempo.
Ese costo no siempre aparece primero en los resultados financieros, con frecuencia se refleja antes en la agenda de la dirección. Cada vez más tiempo dedicado a corregir situaciones que podrían haberse evitado y cada vez menos espacio para pensar el futuro del negocio.
Una buena gestión no depende únicamente de tomar buenas decisiones, depende también de que la información llegue con la calidad y la oportunidad necesarias para que esas decisiones todavía puedan marcar una diferencia.
Por eso, vale la pena hacerse una pregunta:
¿Cuánto del tiempo de la dirección de su empresa se dedica hoy a corregir decisiones del pasado… y cuánto a construir las del futuro?