La escena se repite con una frecuencia incómoda. Después de meses de trabajo, presentaciones cruzadas y largas reuniones de comité, el Directorio aprueba un plan estratégico que parece sólido. Tres meses más tarde, una decisión regulatoria, una disrupción tecnológica o un movimiento geopolítico lo dejan, en buena parte, obsoleto. La pregunta que pocos quieren hacerse en voz alta es si el problema fue el plan o la forma en que insistimos en planificar.
VUCA es un acrónimo que ya casi todos conocemos. Volatilidad, incertidumbre, complejidad, ambigüedad. Nació en los años noventa en el U.S. Army War College para describir el mundo posterior a la Guerra Fría. Hoy describe, sin demasiada metáfora, la sala de reuniones promedio de cualquier empresa.
En nuestras economías, los shocks no son la excepción. Son parte del paisaje. A esto se suma un panorama global que tampoco da respiro: la guerra entre Estados Unidos, Irán e Israel viene moviendo los precios de la energía y del petróleo, encareciendo los fertilizantes e insumos críticos para el agronegocio, presionando componentes esenciales de la industria tecnológica e interrumpiendo rutas comerciales que dábamos por estables. Todo eso reabre el riesgo de una espiral inflacionaria con efecto directo sobre márgenes, consumo y precios de commodities.
En este contexto, el Directorio que se limita a revisar la “autopsia financiera” del trimestre anterior está llegando tarde. Su trabajo es otro: leer el entorno antes que el resto, sostener el rumbo cuando hay poca visibilidad y empujar a la organización a moverse con convicción y velocidad.
Comparto cinco prácticas que, en nuestra experiencia, ayudan marcan la diferencia entre los que efectivamente lideran y los que se quedan auditando.
1. Se terminó el ciclo de “planificar y después ejecutar”
La planificación estratégica clásica, esa que se construye sobre supuestos estables a cinco años, dejó de funcionar. Y en muchos casos, hoy es directamente peligrosa. Las ventajas competitivas duran cada vez menos. A veces, semanas. La estrategia ya no puede ser un documento que se aprueba, se imprime y se guarda en una carpeta hasta el próximo ciclo.
Una alternativa concreta: reemplazar el presupuesto anual por pronósticos móviles a cinco trimestres, actualizados todos los meses. Suena simple. No lo es. Obliga al equipo a revisar supuestos con disciplina, a reasignar capital y talento donde realmente se está creando valor, y —lo más difícil— a abandonar a tiempo iniciativas que la realidad ya invalidó. Esto último es lo que diferencia un proceso vivo de un ritual administrativo.
2. Construir un radar estratégico: las capacidades dinámicas
Ningún Directorio puede anticipar el próximo cisne negro. Esa no es la pelea. Lo que sí puede, y debe, hacer es preparar a la organización para asimilarlo cuando aparezca, con la flexibilidad y la velocidad de reacción que el contexto exige. Y, cuando hay oficio, hasta convertirlo en ventaja. David Teece formuló para esto el concepto de Capacidades Dinámicas, hoy uno de los marcos más sólidos para pensar la estrategia en entornos inestables. Lo divide en tres habilidades que la organización tiene que cultivar deliberadamente.
Sensing, o detección: El radar del Directorio. Para Teece es la capacidad de escanear sistemáticamente lo que pasa afuera —tecnología, competidores, regulación, clientes, ecosistema— y leer las señales débiles antes de que se vuelvan titulares. Marcos prácticos como PESTEL ayudan a estructurar ese escaneo. En mercados como el nuestro funciona especialmente bien, porque te obliga a darle a la dimensión política y regulatoria el peso real que tienen, y no el que la convención le asigna. Pero conviene no confundirse. PESTEL es la plantilla. El “sensing” es lo que pasa cuando el Directorio se sienta a interpretarla. Lo cualitativo importa tanto como lo cuantitativo. Qué dicen los clientes. Qué movimientos están haciendo los competidores. La trampa más habitual es esta: el Directorio recibe el PESTEL completo, lo revisa, lo aprueba, y se va con la sensación de haber hecho análisis estratégico. No lo hizo. Hizo inventario.
Seizing, o captura: Detectar no alcanza. La organización tiene que ser capaz de mover recursos rápido, con cierta dosis de agresividad cuando hace falta. Eso exige modelos de negocio y operativos diseñados con la flexibilidad puesta al frente, no como excepción. Y exige algo de lo que se habla menos pero tiene igual peso: estructuras de decisión livianas. Si para capturar una ventana de oportunidad se necesitan tres comités y dos reuniones de Directorio, la ventana ya se cerró.
Transforming, o transformación: La parte más incómoda de las tres. Reconfigurar activos, procesos y modelos de operación de manera continua, peleando contra una inercia interna “como siempre se hizo”. Las empresas que prosperan en estos entornos entendieron algo simple: la transformación no es un proyecto con fecha de cierre. Es una capacidad que se cultiva todos los días. En cada reasignación de capital. En cada decisión de personal. En cada renuncia a un negocio que fue exitoso y ya no lo es. El rol del Directorio acá es doble. Dar la cobertura política para que esa transformación ocurra. Y exigir que ocurra cuando el equipo gerencial se acomoda demasiado en lo conocido.
3. El Directorio ambidiestro: gestionar el hoy sin hipotecar el mañana
Probablemente es el desafío de liderazgo más difícil en una crisis. Hay que exigir máxima eficiencia en el negocio actual y, al mismo tiempo, sostener la búsqueda de nuevos caminos de crecimiento. Explotación y exploración conviviendo en la misma agenda.
Cuando aprieta el contexto, la organización tiende a replegarse. Es una reacción humana y, hasta cierto punto, equilibrada. El problema es cuando ese repliegue se vuelve estructural y empieza a comerse, mes a mes, el presupuesto destinado a innovación. Acá es donde el Directorio tiene una responsabilidad indelegable: ser el guardián del futuro. Si recortamos sistemáticamente los recursos para encarar “lo que viene” para preservar “lo que ya tenemos”, el problema deja de ser coyuntural.
4. Liderazgo adaptativo y seguridad psicológica
En un entorno de alta incertidumbre, el viejo modelo de mando y control se queda corto. El líder ya no es el que tiene todas las respuestas. Es el que habilita a su equipo para enfrentar problemas que, sinceramente, todavía no tienen solución conocida.
Para que ese liderazgo funcione, la organización necesita seguridad psicológica. Un ambiente donde se pueda exponer una duda, plantear una idea poco convencional o admitir un error sin pagar costo político. Cuando se logra, la diferencia se nota: los equipos se involucran de verdad con la estrategia y la alineación deja de ser una consigna repetida en PowerPoint para convertirse en práctica cotidiana. La verdadera agilidad organizacional no nace de la velocidad de ejecución. Nace de la confianza y de la capacidad de aprender rápido.
5. Sistemas de vigilancia y alerta temprana
Un Directorio moderno tiene que incorporar herramientas tecnológicas que funcionen como el sistema nervioso de la organización. Sistemas de Alerta Temprana apoyados en analítica avanzada, capaces de detectar disrupciones en la cadena de suministro o cambios bruscos en el mercado antes de que aparezcan en el balance. Tableros con indicadores críticos y, sobre todo, con respuestas predefinidas que se activan al cruzar ciertos umbrales. Esto ya no es un lujo de empresas grandes. Es parte del estándar mínimo de un buen gobierno corporativo.
Una reflexión para llevarse a la próxima reunión
Revisen la agenda del próximo Directorio. Si cerca del 80% del tiempo se va en analizar las cifras del trimestre cerrado, conviene reconocerlo con honestidad: están auditando el pasado, no liderando el futuro.
La diferencia entre una cosa y la otra, hoy, es la diferencia entre las empresas que sobreviven al ciclo y las que efectivamente salen fortalecidas.